domingo, 20 de septiembre de 2009

La ternura en Jesús

LA TERNURA

Los teólogos dicen que el Señor se encarnó para siendo "hombre verdadero" poder redimirnos. Yo siempre he pensado que Dios-Hijo quiso encarnarse, Dios y hombre verdaderos, para poder sentir en sus entrañas de hombre la ternura.

Sólo el hombre puede conmoverse tanto en lo más profundo de su sensibilidad y sentir, - sus entrañas, dónde se encarnó el Señor, "en las purísimas entrañas de la Virgen María",- físicamente el amor y el dolor, la alegría y la tristeza, el gozo o la intranquilidad y el desasosiego. Y Jesús quiso ser semejante en todo al hombre menos en el pecado. Se conmueve porque las buenas gentes que le seguían tiene hambre y porque están como ovejas sin pastor. Siente dolor y pena en sus entrañas por la muerte de su amigo Lázaro y llora.

Sintió la ternura en los ojos y en la mirada cruzada con María en la Cruz, y conmovido, le deja a Juan a su Madre y a su Madre a Juan. Y en Juan a todos nosotros. Pero el encargo es doble: no sólo María se conmueve hasta sus entrañas para amarnos "no como hijos", sino por ser sus hijos, sino que nosotros, sus hijos, nos podemos conmover hasta las entrañas para amarla, cuidarla, verla, mirarla, mimarla y acariciarla con nuestros ojos llenos de ternura, y cogerle su mano y apretarla y besarla por ser verdaderamente madre nuestra.

Renunciar a María como Madre, (protestantes) es peder una inmensa parte de la ternura humana que se hace divina en nuestras entrañas cuando le decimos "madre".

Ningún don mayor, después del suyo propio, nos dejó Jesús. ¿O fue acaso el mismo y único don? Al encarnarse en nuestra propia vida, en nuestro propio amor, por la gracia, ¿no nos hace al mismo tiempo hijos de Dios, su Padre, e hijos de María, su Madre?

Sentir en mis entrañas y encarnar en mi corazón el mismo amor de Jesús a María, mi mismo amor, el propio de mi persona en el que sin dejar de ser mío, Jesús encarna el suyo, y ser sus hijos es sin duda el mismo y complementario don de llamar a Dios Padre y "ser sus hijos en efectos". El Jesús, hijo de Dios es el mismo, indivisible, que el Jesús hijo de María. Amar a Dios por ser nuestro Padre, y sentirlo en lo más profundo de nuestras entrañas, porque el Señor se encarna en nosotros y su amor se encarna en nuestro amor, es el mismo don por el que se me conmueve hasta lo más profundo de mi ser y se me enternecen las entrañas cuando le digo a Dios, Padre y a María, madre.

Y soy yo, más no sólo yo, es Jesús conmigo, quien los ama en mi.

De “El Madroñal” Libro I El amor.

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